En el corazón del casco histórico, una antigua ermita del siglo XV conserva la serenidad de otra época y la transforma en una experiencia gastronómica profundamente cordobesa.
Hay restaurantes que se explican desde su cocina y otros que comienzan a hablar antes incluso de que llegue el primer plato. La Ermita de la Candelaria pertenece a estos últimos. Sus pilares ochavados de ladrillo, las tres naves, los colores suaves y la luz del patio construyen una atmósfera de recogimiento poco habitual. La historia del inmueble se remonta al siglo XV, cuando estas casas quedaron vinculadas a la fundación de un hospital bajo la advocación de Santa María de la Candelaria. El antiguo espacio no funciona como un simple decorado: aporta carácter, memoria y una pausa que prepara los sentidos para la mesa.
Esa serenidad también define la propuesta gastronómica. La casa reivindica una cocina de siempre, comprometida con los productos de la sierra, la campiña, las huertas del Genil y del Guadalquivir, los olivares y los viñedos de Montilla Moriles. La tradición no aparece como una pieza inmóvil, sino como un lenguaje vivo: recetas reconocibles, elaboraciones cuidadas y una presentación actual que conserva su procedencia.
La Ermita expresa así una forma íntima de representar a Córdoba. Propone detenerse, mirar la luz sobre el ladrillo y reconocer en cada plato el paisaje que la rodea. Patrimonio y cocina se acompañan y dan sentido a una experiencia en la que el espacio invita a permanecer y la mesa termina de contar la historia.

Los platos estrella de La Ermita de la Candelaria
La selección resume la identidad gastronómica de la casa: recetas cordobesas, productos reconocibles y elaboraciones que conservan la memoria de la cocina tradicional. Cada plato aporta una forma distinta de acercarse a Córdoba, desde la huerta y los guisos lentos hasta la ligereza del pescado y la delicadeza del postre.
Un recorrido por Córdoba servido a la mesa
Los seis platos estrella seleccionados para este encuentro forman un recorrido coherente por la identidad de la casa. Las tostas de lubina introducen una nota marina y ligera; el salmorejo recupera uno de los sabores esenciales de Córdoba; y el pisto de la Ermita convierte la cocina doméstica y la huerta en una elaboración generosa, coronada por el huevo.
Las manitas rellenas de perdiz aportan el rasgo más singular del conjunto. En ellas se encuentran la melosidad de una receta popular y la intensidad de la caza, reunidas en un plato que resume oficio y personalidad. El rabo de toro devuelve el menú al gran recetario cordobés, con la profundidad de una cocción lenta y una salsa ligada al tiempo. Las milhojitas de frambuesa cierran el recorrido con ligereza, combinando hojaldre, crema y fruta fresca.
Más que una sucesión de elaboraciones, la selección permite leer Córdoba a través de sus productos y de su memoria culinaria. La huerta, el aceite, los guisos pausados y el equilibrio entre tradición y presente aparecen en una mesa que no necesita artificios para expresar su origen. Cada plato conserva una historia conocida y, al mismo tiempo, encuentra una forma propia de presentarla.

El cierre del press trip Córdoba
El encuentro permitió acercarse a la ciudad desde una perspectiva que reunió historia, patrimonio, cultura y gastronomía, entendiendo la cocina como otra forma de conocer y comunicar un destino.
La visita confirmó que la identidad cordobesa no solo se contempla en sus monumentos: también se reconoce en sus patios, en la hospitalidad de sus casas y en unos platos capaces de conservar y compartir la memoria de la ciudad.










